Alimentos procesados, no gracias

La población infantil es la más vulnerable a los problemas relacionados con la alimentación, buen ejemplo de ello es el sobrepeso (el 18% de los niños menores de 9 años tiene sobrepeso) o la diabetes, esta última se incrementa anualmente en la población infantil a un ritmo del 16%.

Ambos problemas de salud están estrechamente relacionados con la alimentación, tanto con la calidad del alimento como con los hábitos alimentarios, así como con el estilo de vida. El comer es un acto agrícola, ya que con nuestra elección potenciaremos un tipo u otro de agricultura y por lo tanto de alimento. Al parecer es más lucrativo transformar una enfermedad de la civilización en un estilo de vida que en cambiar la forma en que come esa civilización.

Hoy por hoy la industria alimentaría ha potenciado y diseñado alimentos preparados para ser almacenados y transportados a largas distancias, y la mejor forma de hacer que sean más estables es privarles de sus nutrientes. Se ha sacrificado gran parte de la calidad de los alimentos en aras de la cantidad y de la durabilidad (el ácido omega 3 ha desparecido de todo alimento procesado, ya que disminuye su estabilidad, luego se añade y sirve como reclamo publicitario). La ciencia no sabe lo suficiente  como para compensar todo lo que el procesamiento hace a los alimentos enteros, destruir la complejidad es mucho más fácil que crearla.

Como bien explica Michael Pollan en su libro “El detective en el supermercado”, gran  parte de la ciencia de la nutrición se basa en el estudio de los nutrientes tomados de uno en uno. El problema de estudiarlos de forma aislada radica en que se saca al nutriente del contexto del alimento, al alimento del contexto de la dieta, y a la dieta del contexto del estilo de vida. El ser humano difiere mucho de una maquina y considerar la comida como simple combustible es entenderla de manera equivocada. Un claro ejemplo de esto es que las etiquetas de los alimentos que antes contenían dos o tres ingredientes, como el pan o el yogur, se han inflado con extensas listas de nuevos aditivos, que en otras épocas menos ilustradas se habrían llamado “adulterantes”.

 

Cambiemos los hábitos de consumo y el tipo de alimento

Cuantos más consumidores haya que apuesten con su tenedor o cesta de la compra por una clase diferente de comida, más corriente y accesible será esa comida.

Los seres humanos somos omnívoros, y requerimos entre cincuenta y cien compuestos y elementos químicos diferentes para estar sanos. Cuesta creer que estamos obteniendo todo lo necesario de una dieta que consiste en su mayor parte en maíz, soja, arroz y trigo procesados.

No resulta extraña la afirmación de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de EEUU, según la cual: “El éxito académico de los jóvenes norteamericanos se encuentra estrechamente vinculado a su salud. Los niños que se alimentan de forma más saludable tienen más probabilidades de rendir bien y de presentar menos problemas de comportamiento”.

No podemos hacer campañas infantiles para aumentar el consumo diario de frutas y hortalizas, sin ofertar productos sanos y sabrosos. Esto se consigue volviendo a relacionar el alimento con su origen agrario y apostando claramente por la tríada: ecológico, local y de temporada.

 

(Autor@s: equipo La Huertaza).

Leave a Reply

Su dirección de correo electrónico no será publicada.